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Según Santa Margarita María Alacoque, la verdadera devoción al Corazón de Jesús consiste en procurarle con nuestra manera de vivir todo el amor, todo el honor y toda la gloria que esté de nuestra parte. No se trata tanto de recitar oraciones cuanto de una vida íntegramente consagrada a su servicio. Las prácticas devocionales nos ayudan a crecer en el amor y en la comprensión del Misterio del Corazón de Jesús. Son fruto del amor y no constituyen en sí mismas lo esencial, por lo tanto son libres, y cada cual puede adoptar las que mejor le convengan.

En la Devoción a su Corazón el Señor ha dado a la Iglesia todo lo que ella necesita para renovarse por entero y llevar a cada uno de sus miembros a la más elevada santidad y en poco tiempo. A lo largo de los siglos Jesucristo nos ha ido revelando gradualmente el Misterio del Amor de Dios. La Devoción al Corazón de Jesús es como un libro de poemas de amor que Dios ha ido escribiendo poco a poco para el hombre. Para poder captar y saborear esa elevada poesía debemos leer cada poema con interés y avidez. Desde el principio hasta el final.

Ya en el Antiguo testamento Dios se presenta como el Esposo amante de Israel. Los profetas nos revelan a un Dios celoso, loco de amor por el pueblo infiel, dispuesto siempre hasta el extremo a perdonarlo. La revelación total de ese amor excesivo se hace en la Cruz del calvario. El soldado abre de un golpe de lanza el costado de Cristo y traspasa el Corazón de Jesús. De allí brota sangre y agua de misericordia que lavan el pecado del hombre y le dan vida eterna.

Desde entonces la Iglesia ha reflexionado constantemente sobre el insondable Misterio del incomprensible Amor de Dios al pecador. Los cristianos hemos vivido fascinados por ese Corazón herido por nuestros pecados. Los santos nos han ido explicando ese Misterio de un Dios enamorado de los hombres pecadores: San Juan, San Pablo, los Padres de la Iglesia, los grandes teólogos, los monjes, las contemplativas de la Edad Media, los profetas de ayer, nos han hablado de la llaga del costado.

En los tiempos modernos es Jesús mismo quien nos habla a través de sus apariciones para revelarnos personalmente su Corazón. Santa Margarita María y Santa Faustina Kowalska son los dos testigos más notables de estos últimos tiempos. A ellas Jesús les revela su Corazón y las constituye Profetas de hoy para un mundo infiel que se ha vuelto ciego e insensible al Amor de Dios.

El plan de Dios para la salvación del mundo moderno implica el conocimiento de algo que estaba más allá de nuestra sabiduría humana: el Misterio del Corazón Inmaculado de María que nos es dado en las apariciones de Fátima, Pontevedra y Tuy por medio de sor Lucía. El Corazón de Jesús y el Corazón Inmaculado de María son un solo y único Misterio de Amor. Los dos Corazones son en realidad un solo Corazón: “Ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí”. Todo cristiano está llamado a vivir ese Misterio de Unidad expresado entre Jesús y María hasta formar un sólo corazón con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La Devoción a los Corazones de Jesús y de María en realidad viene a ser la vivencia normal de la vida cristiana tal como el Evangelio nos la ha diseñado. Se resumen en el primer mandamiento de la Ley de Dios: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…”.

A través de las revelaciones a Santa Margarita y Santa Faustina el Señor nos enseña a vivir lo esencial de la vida cristiana. No se trata tanto de recitar oraciones o estar sometidos a “prácticas piadosas”, cuanto de perseverar en un camino de intimidad amorosa con Jesucristo. Ese camino se hace en la intimidad mística con María Santísima, madre de Dios, imagen viva de la Iglesia, madre espiritual de todos los hombres. La relación “Iglesia-María” nos lleva a la Comunión Eucarística: “Que todos sean Uno como tú Oh Padre estás en Mí y yo en Ti”.

La Iglesia es el Pueblo de Dios, testigo para la humanidad del amor del Verbo Encarnado. Ese amor se resume en el signo más perfecto del amor que es el Corazón de carne de Jesucristo. Honrar el Corazón de Jesús “procurándole todo el amor, todo el honor y toda la gloria que esté de nuestra parte” es el programa que resume la Devoción-Consagración al Corazón de Jesús: es la síntesis de toda la Devoción. Para lograr eso más perfectamente las palabras de Cristo nos ayudan a redescubrir el sentido penitencial de “la reparación de nuestros pecados personales y los del mundo entero” que toda vida cristiana implica.

Jesús pide la participación frecuente en los sacramentos de la reconciliación y de la Eucaristía para hacernos partícipes de su misma vida redentora. La Devoción al Corazón de Jesús se concentra de manera especial en las prácticas de los nueve primeros viernes de mes, los cinco primeros sábados en honor del Corazón Inmaculado de María, la Adoración reparadora diurna y nocturna, la consagración personal a los corazones de Jesús y de María, la consagración de las familias y la entronización de las sagradas imágenes en el hogar, la Hora Santa, la veneración de las imágenes de los dos corazones, la Hora y la coronilla de la Divina Misericordia, y otras prácticas de piedad muy eficaces y aptas para ir logrando el objetivo final de la Devoción que es una vida de total donación al Señor.

La Devoción al Corazón de Jesús no agrega nada nuevo al Evangelio. Tampoco es una devoción pasada de moda y para santulones. Muy al contrario es la Devoción de las Devociones. Es el resumen concentrado del Evangelio. Es el combate de cada día viril y enérgico por el Reino de Cristo en cada corazón humano contra el Príncipe de este mundo.

Si los católicos renovamos en nuestras parroquias el contacto vital con el Corazón de Cristo Jesús, la Iglesia Católica se renovará y superará los espejismos que las sectas protestantes ofrecen a una sociedad desorientada y ávida de un cristianismo “light”. La Iglesia tiene en sus manos todos los instrumentos para dar a cada hombre y al mundo entero la respuesta que busca ávidamente en las “cisternas agrietadas”. Esa respuesta es el Corazón palpitante de Dios en su Hijo crucificado y hecho presente en la Eucaristía. Donde está la Eucaristía está la Iglesia, donde no está el Corazón Eucarístico de Jesús, no está la Iglesia.

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